Tú y yo teníamos un sueño. Una casa frente al mar, rodeada de una valla blanca, un camino de césped salpicado de grandes trozos de mármol hasta las escaleras del porche, en su interior, un pequeño balancín solo para dos, desde donde poder admirar el jardín y la playa. Detrás estaría la barbacoa para las reuniones con amigos y familiares.
Los primeros años serían para nosotros, para disfrutarnos. Después llegarían los niños, al menos tres. Vendrían las noches en vela, los miedos de todos lo padres frente al reto de criar y educar a una nueva generación. Pero también llegarían las risas, los juegos, las mañanas en las que despertaríamos con la cama llena de esos pequeños diablos, que se habrían adueñado de nuestras vidas. Las fiestas de cumpleaños, los bailes de graduación. La noche en la que me pasaría horas tras la ventana, solo para asegurarme que ese melenas con cazadora de cuero no se atrevía a besar a nuestra pequeña Emma, después de su primera cita. Los partidos de fútbol los viernes por la noche en el instituto...
Llegarían y nos completarían.
Como cada primavera, pintaría la valla. Después me acercaría al balancín del porche, donde estarías leyendo un nuevo libro, lo arrancaría de tus manos, a la vez que dejaría la brocha sobre la tela del cojín, fruncirías el ceño y pensarías en reprocharme mi comportamiento, entonces te besaría, subiríamos a nuestra habitación y haríamos el amor, como si fuera la primera y la última vez.
Las canas nos platearían el cabello y los paseos por la playa, serían más tranquilos. La vida tendría otro ritmo, salvo cada verano, donde seriamos los abuelos perfectos y la casa parecería más pequeña que nunca. Saldríamos de la cocina con suficiente comida como para alimentar a toda una legión romana, y volveríamos a ser gladiadores luchando contra pequeños monstruos, engendrados por los diablillos que antes invadían nuestra cama.
Un atardecer, sentados en nuestro balancín, nos encontraríamos mirando el mar, entrelazaríamos nuestras manos, y solo con mirarnos, nos diríamos que jamás habríamos soñado una vida como aquella...
Hoy, nada de eso ha pasado, y ya no pasará. Tú estás en la playa, en nuestra playa, y tus pies juegan con la arena. Mientras terminas de extender la crema bronceadora sobre tu piel, dos jóvenes muy atractivos pasan por tercera vez frente a ti, y aunque lo hacen disimuladamente, notas sus miradas de deseo. Por un momento piensas que deberías decirle algo al más alto de ellos. Pero como si de un gesto instintivo se tratase, rechazas la idea y te diriges al mar.
Yo nunca quise hacerlo. Nunca quise dejarte. Y no pasa ni un solo día, que no te eche de menos. Aún me cuesta mirarte y mucho más aún, tenerte cerca...
Recuerdo aquella tarde, mientras paseábamos sobre la arena, la tormenta salió de la nada y comenzó a diluviar sobre nuestras cabezas, el viento soplaba con más fuerza de lo que jamás lo había hecho en aquella costa y las olas comenzaron a alzarse como gigantes de agua cobrando vida. Tú giraste la cabeza hacía el interior buscando refugio, mientras sonreías divertida ante el repentino temporal, cruzamos las miradas un instante y yo miré al mar...
Sé que no me reprochas que soltara tu mano, y sé que aún luchas por contener las lágrimas cada vez que la dulce y pequeña Megan, justo antes de finalizar el recreo, te busca en la sala de profesores, se abraza a tu cuello y te da una flor del patio. Te cuenta, que su madre ya no la lleva casi nunca a la playa, tú miras su carita de enormes ojos negros, salpicada de pequeñas pecas, juegas nerviosamente con su pelo largo, y tras darle un beso en su pequeña nariz, le prometes que cuando llegue el verano, iréis juntas todos los días a la playa. Ella sonríe y tú la observas alejarse por el pasillo, camino a clase.
Antes de emprender el camino de vuelta hacía la orilla, siempre nadas hasta las rocas. Al llegar te sumerges, y con los ojos muy abiertos observas que se esconde bajo el agua, hasta que el oxigeno que has aspirado, está apunto de agotarse, antes de volver a la superficie abres tu mano para liberar la flor que había en ella.
Apenas me quedaban fuerzas cuando conseguí dejar a aquella niña asustada sobre las rocas, le dije que no mirase atrás, que no se detuviera hasta llegar a la última de ellas, e intenté salir...
La ola rompió justo en aquel instante, ni siquiera la vi. El impacto vació de aire mis pulmones y todo se fue a negro...
La tormenta cesó apenas unos minutos después...
Este es un lugar extraño, aún me siento extraño en el, pero es un buen lugar. Te observo e intento decirte que todo irá bien. Solo cuando vuelves a la playa, mientras te alejas, siento: nostalgia.

👍👍👍
ResponderEliminarMe encanta como escribes!!! Sigue asi!!!💪🏻👍🏻
ResponderEliminarWow...so beautiful 😍😢 Love it!!
ResponderEliminarThanks!
EliminarMuy bien te felicito transmites mucho y me sentí conectado de principio a fin.
ResponderEliminarTe invito a ver mis relatos: www.narrativasempedernidas.blogspot.com
Descripciones muy bellas que logran transmitir las sensaciones que buscas. Enhorabuena.
ResponderEliminar¡Muchas gracias!
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